Memoria de san Bernabé, Apóstol
«Ustedes son la sal de la tierra» Mateo 5,13
Hoy escuchamos a Jesús señalar tres cosas. Primero, sois la sal de la tierra. Segundo, ustedes son la luz del mundo. Y tercero, una ciudad asentada sobre una montaña no se puede ocultar. Estos tres ejemplos implican existir no para uno mismo sino para los demás. Primero, Jesús dice, Ustedes son la sal de la tierra. La sal no existe por sí misma; más bien existe para darle sabor a la comida que se le pone. La sal es una forma de conservar la carne. También se usó sal para asegurarse de que nada creciera en un lugar en particular. Se utiliza para realzar, preservar y destruir. Segundo, Jesús dice: Vosotros sois la luz del mundo. La luz es aquello por lo que vemos otras cosas. Es un medio de iluminación y hace visibles otras cosas. Finalmente, una ciudad asentada sobre una montaña no se puede ocultar. Así se navegaba la gente. Sin una ciudad en una colina que les diera una idea de ubicación y dirección, la gente no habría sabido a dónde se dirigían. Jesús nos dice en estas tres imágenes que si lo seguimos, nuestras vidas son para los demás. Debemos ser sal que realza y preserva a los demás, mejorando las cosas donde podamos e impidiendo que crezcan cosas como el pecado. Debemos ser luz, ayudando a iluminar las formas en que Dios se ha revelado al mundo. Y estamos llamados a ser la ciudad sobre una colina, viviendo vidas abnegadas con y por los demás, señalándoles una relación con Jesús que los llevará a la vida eterna. Dado que estamos destinados a vivir nuestras vidas no sólo para nosotros mismos sino también para los demás, debemos ser diligentes en crecer en nuestra propia vida espiritual y relación con Jesús para poder compartirlo con los demás. Pidamos por intercesión de San Bernabé la gracia de reconocer que por el bautismo hemos sido apartados del mundo para la obra a la que Dios nos ha llamado. San Bernabé, Apóstol, ruega por nosotros.
Dios nos bendiga.

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